17 de noviembre de 2008

En qué creo

Queridos hijos,

Ya os vais haciendo mayores y alguno me habéis preguntado si el infierno existe de verdad, o qué cosas se puedan hacer en el cielo. Me acuerdo cuando tú, David, pintaste tu representación del cielo eterno a los cinco años cumplidos y lo hiciste con una escalera que subía hasta allí, directísima, desde un camposanto. Cuando te dije que no hacía falta escalera y que las almas “volaban” libres desde nuestros cuerpos en busca de Dios me dijiste divertido que no era una escalera para subir sino para tener la oportunidad de volver a bajar si lo encontrabas aburrido. Algunos estáis en una edad en la que confundís los cuentos, la fantasía que os rodea constantemente, con la realidad. Y es lo normal. Es difícil a vuestra edad distinguir entre lo que pertenece al mundo fantástico y lo que se desarrolla en el mundo real y me preguntáis con interés y a veces asustados si lo que os cuento es verdad o no. Vuestra madre y yo os contamos la historia sagrada y no acertáis a comprender como un hombre con poderes de Dios fuera capaz de dejarse matar en una cruz en vez de aniquilar con rayos fulminantes y de una vez a sus enemigos. Pero no os preocupéis, no son preguntas de niños, esas preguntas se las hicieron hace muchos siglos los mismos que acompañaban a este hombre unos momentos antes de dejarse atrapar. Y muchos seguimos preguntándonos el porqué de aquel sacrificio. Pero no nos desviemos. Cuando seáis mayores, cuando entre el barullo de las clases de universidad, los primeros amores, las salidas nocturnas y vuestros deportes os acordéis de que sois cristianos recordad el porqué lo sois y en qué creéis. Quizás entonces tendremos ocasión de comentar este u otro detalle, pero hoy, cuando el mayor de vosotros no acumula la decena y la más pequeña está a punto de cumplir su segundo invierno os diré en lo que cree vuestro padre; dejadme contar ahora las convicciones que, con cerrojo de siete llaves, llevo guardadas en mi corazón. Pero permitidme antes hacer una relación de las cosas en las que no creo:

No creo en el señor de la barba blanca, ni en ángeles tontucios de mejillas sonrosadas y alas de pato. Ni en el demonio con cuernos, perilla y rabo de dragón. No creo en leyendas de santos haciendo milagros visibles que no se ven ahora, ni en historietas contadas por viejas para asustar a los niños a la luz de una hoguera. No creo en las supersticiones ni el poder mágico de amuletos religiosos. No creo en la Iglesia del terciopelo, boato y esplendor. No creo en príncipes de la Iglesia servidos por pobres esclavos, que se hacen llamar padres y maestros, aclamados por las masas y que imponen a sus fieles cargas imposibles de llevar. No creo en la Iglesia como en un estado político. Tampoco creo en la Iglesia como en una asociación, ni en que su misión sea la de rebelarse contra el rico, adalid de revoluciones proletarias. No creo en grupos dentro de la Iglesia que se creen poseedores de la verdad única, su verdad, que intentan imponer a los demás. No creo en las guerras santas ni en las justificadas en nombre de Dios. No creo en la tortura ni en la represión por creer en una u otra cosa. No creo en lo que alguien, de manera irracional, me obligue a creer, porque Dios me ha dado una razón que me diferencia de los animales y no creo que El quiera ni pretenda que actúe en su contra.

Creo en Dios, el Único, que ha creado la tierra en la que nos movemos. Creo que El, de la nada, hizo criaturas espirituales y otras corporales entre las que nos encontramos. Creo que El fue el artífice de la evolución y quien diseñó las leyes por las que se rige. Creo que el hombre se apartó de El en un acto de locura soberbia, azuzado por el tentador. Creo que Dios nos dio un camino para conseguir la realización personal en esta tierra y la vida eterna y que son los diez mandamientos. Creo que para ganarnos de nuevo y no dejarnos abandonados se encarnó en Jesús de Nazaret y dio su vida en sacrificio por la reparación los pecados de todos, también de los que aún no hemos cometido. Creo en la resurrección del Salvador que es la llave, la clave que me hace creer en todo lo demás. Creo en la Iglesia que fundó el mismo Jesucristo con sus doce apóstoles para enseñarnos el camino. Creo en la Iglesia que está con el pobre pero también con el rico porque éste, aunque le sea difícil, también puede salvarse. Creo, como el Papa actual, que para llegar a Dios hay tantos caminos como hombres en la tierra. Creo en la razón del hombre y en su conciencia y creo que podemos pedir perdón a Dios, que somos perdonados y que resucitaremos a una vida espiritual donde no habrá, por fin, ni dolor ni llanto.

28 de abril de 2008

¿Por qué somos cristianos?

Queridos hijos:

Alguna vez os preguntaréis - ya lo habéis hecho más de uno a vuestra corta edad - el por qué sois cristianos. Si esta pregunta se la formuláramos a varias personas en medio de la calle, unos contestarían: “porque nací en España -o en Baviera- y aquí la mayoría de la gente es cristiana. Otros contestarían que porque así lo decidieron sus padres, y se manifestarían en contra de la intromisión injusta de los progenitores al decidir por ellos la religión a profesar, aunque a estas alturas, no practiquen ni tengan interés por ninguna. Muchos, como padres, dirán que de momento no bautizarán a sus hijos, que dejarán que ellos mismos elijan cuando tengan conciencia para ello. Pocos, muy pocos se acordarán todavía de la contestación del catecismo de S. Pio X que a la pregunta: ¿Eres cristiano? contestaba: “Sí, soy cristiano, por la gracia de Dios.” Como en toda encuesta habrá algunos que “no saben, no contestan”.

Ahora me toca contestar a mí: Sois cristianos porque vuestra madre y yo pedimos a la Iglesia que os acogiera en su seno con el sacramento del bautismo. Pero, ¿eso no fue una injerencia en nuestras vidas? Pues sí y no. Os lo explicaré con un ejemplo:

Un padre había heredado de su familia los planos de un lugar donde se creía seguro existía enterrado una cantidad fabulosa de dinero de la que se podría disponer en caso de extrema necesidad. La familia nunca había dispuesto del tesoro y había traspasado como herencia, de generación en generación, los planos de la disposición exacta del mismo. El hombre tuvo a su vez hijos y, convencido de la autenticidad de los planos que heredó, los traspasó a su vez a sus hijos pensando que les serían de utilidad en circunstancias adversas. ¿Qué creéis que pensaron los hijos cuando recibieron dicha herencia? ¿Es razonable pensar que los hijos interpretaran como una intromisión en sus vidas el hecho de que su padre les dejara en herencia dichos planos? ¿Por qué tenían que verse obligados a creer en la existencia de tesoros de leyenda? ¿Les obligaba el acto testamentario del padre a creer en tesoros ocultos? Pues no, y tiempo tendrán para romperlos si creen que no son auténticos o que carecen de valor.

Por otra parte, ¿qué padre no dejaría en herencia a sus hijos, incluso dudando, las coordenadas exactas de donde cree se haya escondido un tesoro? ¿Qué padre sería tan necio para no hacerlo? ¿Dejaría los documentos escondidos en algún lugar para que los hijos cuando fueran mayores los encontraran? O ¿les facilitaría su recepción… incluso dudando?

Del mismo modo, siguiendo el mismo razonamiento, vuestra madre y yo permitimos y promovimos el que fuerais bautizados. Creyendo seriamente en Dios y en la vida espiritual, no podíamos dejaros sin el beneficio de que recibierais el bautismo que os limpió del pecado original y os hizo miembros de la Iglesia. Nosotros sí creíamos firmemente que os legábamos un tesoro y nos aseguramos de que lo recibierais. Os toca a vosotros ahora el aceptarlo o rechazarlo. Si habéis decidido seguir adelante: ¡Animo! Aunque el camino será duro y no exento de dificultades. Y si estáis dudando: permitidme que os vaya indicando el camino, dejadme os muestre las señales que me han servido para creer que no estoy perdido, que me encuentro en el camino correcto, pidiendo siempre a Dios y a su Madre la gracia necesaria para que nunca nos desviemos del mismo.

Un beso de vuestro padre que os quiere

5 de marzo de 2008

AL COMENZAR

Queridos hijos:

Os escribo esta serie de cartas después de haber demorado demasiado la ejecución de una intención que tuve desde el primer día que nació Javier, el mayor de vuestros hermanos. Entre los motivos que tengo para dirigiros estas letras se encuentra la terrible confusión que, según mi modo de ver, acusa nuestra sociedad no sólo en temas de moral sino en los más triviales problemas éticos y sociales ante los que cualquier hombre se enfrenta a lo largo de su vida.
Tengo que reconocer que a mi mediana edad, incluso habiéndose alargado la esperanza de vida del europeo medio, no puedo saber ni el día ni la hora, y no podría perdonarme jamás el haberos dejado sin una ayuda que sois libres de considerar y, quizás, incluso aceptar llegado el momento; ese momento en el que un hombre se enfrenta irremediablemente a decisiones que son trascendentales para su vida y para la de los que lo rodean. Me siento responsable de vosotros y no podría dejaros sin mi experiencia y opinión en una serie de temas que considero debieran alguna vez ser meditados.
No exijo que penséis ni que actuéis como yo. Sólo os pido que, cuando os encontréis ante un problema delicado, una opción vital o en una encrucijada difícil de vuestra vida, echéis mano a estas cartas y las leáis; pensad lo que vuestro padre hubiera hecho en vuestro lugar. Quizá en vuestra situación me hubiera equivocado al tomar una decisión -como tantas veces ha pasado en mi vida- pero espero que la experiencia del error sirva para ahorraros las tribulaciones y la infelicidad que conlleva el fracaso o la equivocación en un tema fundamental.
Sois todavía pequeños: Anna María gatea por el suelo y lanza grititos de alegría cuando nos ve o de pena cuando abandonamos la habitación y Lukas corre por los pasillos lanzando un avión de papel que le hizo Javier y le pintó David, pero os imagino ya como hombres (y mujer) hechos, conscientes de vuestras posibilidades de éxito pero también de vuestros defectos y flaquezas.
Una cosa deseo más que nada: que en cualquier circunstancia de vuestra vida sepáis distinguir entre el bien y el mal y os decidáis por el primero. Soy de la opinión de que sólo así vuestra vida encontrará un sentido, os sentiréis libres y alcanzaréis una paz y felicidad interior que nadie os podrá arrebatar incluso en la más dura de las situaciones.

Vuestro padre