Ya os vais haciendo mayores y alguno me habéis preguntado si el infierno existe de verdad, o qué cosas se puedan hacer en el cielo. Me acuerdo cuando tú, David, pintaste tu representación del cielo eterno a los cinco años cumplidos y lo hiciste con una escalera que subía hasta allí, directísima, desde un camposanto. Cuando te dije que no hacía falta escalera y que las almas “volaban” libres desde nuestros cuerpos en busca de Dios me dijiste divertido que no era una escalera para subir sino para tener la oportunidad de volver a bajar si lo encontrabas aburrido. Algunos estáis en una edad en la que confundís los cuentos, la fantasía que os rodea constantemente, con la realidad. Y es lo normal. Es difícil a vuestra edad distinguir entre lo que pertenece al mundo fantástico y lo que se desarrolla en el mundo real y me preguntáis con interés y a veces asustados si lo que os cuento es verdad o no. Vuestra madre y yo os contamos la historia sagrada y no acertáis a comprender como un hombre con poderes de Dios fuera capaz de dejarse matar en una cruz en vez de aniquilar con rayos fulminantes y de una vez a sus enemigos. Pero no os preocupéis, no son preguntas de niños, esas preguntas se las hicieron hace muchos siglos los mismos que acompañaban a este hombre unos momentos antes de dejarse atrapar. Y muchos seguimos preguntándonos el porqué de aquel sacrificio. Pero no nos desviemos. Cuando seáis mayores, cuando entre el barullo de las clases de universidad, los primeros amores, las salidas nocturnas y vuestros deportes os acordéis de que sois cristianos recordad el porqué lo sois y en qué creéis. Quizás entonces tendremos ocasión de comentar este u otro detalle, pero hoy, cuando el mayor de vosotros no acumula la decena y la más pequeña está a punto de cumplir su segundo invierno os diré en lo que cree vuestro padre; dejadme contar ahora las convicciones que, con cerrojo de siete llaves, llevo guardadas en mi corazón. Pero permitidme antes hacer una relación de las cosas en las que no creo:
No creo en el señor de la barba blanca, ni en ángeles tontucios de mejillas sonrosadas y alas de pato. Ni en el demonio con cuernos, perilla y rabo de dragón. No creo en leyendas de santos haciendo milagros visibles que no se ven ahora, ni en historietas contadas por viejas para asustar a los niños a la luz de una hoguera. No creo en las supersticiones ni el poder mágico de amuletos religiosos. No creo en la Iglesia del terciopelo, boato y esplendor. No creo en príncipes de la Iglesia servidos por pobres esclavos, que se hacen llamar padres y maestros, aclamados por las masas y que imponen a sus fieles cargas imposibles de llevar. No creo en la Iglesia como en un estado político. Tampoco creo en la Iglesia como en una asociación, ni en que su misión sea la de rebelarse contra el rico, adalid de revoluciones proletarias. No creo en grupos dentro de la Iglesia que se creen poseedores de la verdad única, su verdad, que intentan imponer a los demás. No creo en las guerras santas ni en las justificadas en nombre de Dios. No creo en la tortura ni en la represión por creer en una u otra cosa. No creo en lo que alguien, de manera irracional, me obligue a creer, porque Dios me ha dado una razón que me diferencia de los animales y no creo que El quiera ni pretenda que actúe en su contra.
Creo en Dios, el Único, que ha creado la tierra en la que nos movemos. Creo que El, de la nada, hizo criaturas espirituales y otras corporales entre las que nos encontramos. Creo que El fue el artífice de la evolución y quien diseñó las leyes por las que se rige. Creo que el hombre se apartó de El en un acto de locura soberbia, azuzado por el tentador. Creo que Dios nos dio un camino para conseguir la realización personal en esta tierra y la vida eterna y que son los diez mandamientos. Creo que para ganarnos de nuevo y no dejarnos abandonados se encarnó en Jesús de Nazaret y dio su vida en sacrificio por la reparación los pecados de todos, también de los que aún no hemos cometido. Creo en la resurrección del Salvador que es la llave, la clave que me hace creer en todo lo demás. Creo en la Iglesia que fundó el mismo Jesucristo con sus doce apóstoles para enseñarnos el camino. Creo en la Iglesia que está con el pobre pero también con el rico porque éste, aunque le sea difícil, también puede salvarse. Creo, como el Papa actual, que para llegar a Dios hay tantos caminos como hombres en la tierra. Creo en la razón del hombre y en su conciencia y creo que podemos pedir perdón a Dios, que somos perdonados y que resucitaremos a una vida espiritual donde no habrá, por fin, ni dolor ni llanto.